8, 00 €

FICHA TÉCNICA DEL LIBRO

© Daisy González Broche

© Prólogo: Teresa Domingo Catalá

© Primera edición: Ediciones Bagua 2016

© Segunda edición: Ediciones Bagua 2016 

 © De la Cubierta: Graphicphoto / Bigstock.com 

© De la cubierta posterior: Dudarev Mikhail / Bigstock.com

© De la pordatilla: Andrey_Kuzmin / Bigstock.com

EDICIONES BAGUA 

Calle Arties 2. Puerta 95

28660 Madrid.

edicionesbagua@gmail.com

www.edicionesbagua.com 

Diseño del catálogo de Bagua: Carril Bustamante 

ISBN: 978-84-943713-4-9

Depósito Legal: M-21880-2015

Impreso en ServicePoint

c/ Salcedo, 2. 28034 Madrid

Distribuye: Distriforma

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Reseñas a la edición

Prólogo

buscando un dios/para ofrecerle el cielo
Daisy González Broche

De lo breve, de lo ubicuo nos sitúa en el territorio de la búsqueda personal, de ese crearse y recrearse a sí mismo, en este caso a sí misma, durante el transcurso de la vida, bebiendo de la fuente de los sueños, el dolor, el temor a la muerte, la misma muerte, y la incredulidad en la existencia de un Dios típico y tópico, pero sí la creencia en una fe personal en lo que es eterno, que pervive y que triunfa ante la muerte. He querido destacar estos dos versos de la poeta Daisy González Broche porque su belleza conceptual está llena de contenido. Estos poemas podrían titularse En busca del Amor perdido, parafraseando a Marcel Proust. El amor entendido en mayúsculas, como un sentimiento global en nuestras vidas, que incluye el pasado, el presente y el futuro, la tierra que dejamos atrás, la familia que se nos muere, el mismo acto de escribir. Pero se titulan De lo breve, de lo ubicuo siguiendo la tradición clásica de Demetrio o de Longino y de tantos otros. El título finge, como dicen que finge el poeta. Porque muchos de los poemas no son breves, y porque lo ubicuo no se manifiesta como tal de una forma directa, sino metafórica. La ubicuidad es el don de estar en todas partes, don que los humanos no poseemos. Nos remite a ese dios que cito para introducir este prólogo, a las referencias bíblicas que hay en los poemas con Jonás y con Moisés, a quien no se cita expresamente. Los poemas, ¿nos mienten? Es un dilema en poesía el fingimiento o la sinceridad, el cultismo y lo confesional, el concepto, la metáfora y su significación. En Daisy González Broche estas formas de ver la poesía, de sentirla y de escribirla se mezclan. Siento estos poemas sinceros, nacidos de las sinuosidades de un alma que necesita expresarse y lo hace con las herramientas del poeta: la palabra. Es una palabra vivida, sentida, visceral, honda y femenina. Las referencias cultas y las familiares se mezclan, dando lugar a una poesía viva, lejos del corsé y del culteranismo vacuos. Las palabras significan, nos llaman desde los versos, nos revuelven, nos lleva a esa noche de la que habla la poeta, a esa noche preñada de dolor y de muerte. Mediante metáforas construye un armazón donde la figura de la muerte se entreve con la muerte real, a la que se teme. Este miedo a la muerte como final se contradice, en antítesis literaria, con la muerte como principio y las dos están contempladas en este libro. Se teme a la muerte, sí, y esta idea cruza todo el poemario, desde el principio, hasta el final. La muerte tiene muchas caras: desde la noche, la oscuridad, la penumbra hasta las abejas que no pueden parir y ser madres. La muerte es personificada, y ¡pasa de largo!, o se duerme junto a nosotros. Todavía no nos toca, aún no viene. Pero sabemos que un día vendrá y esa certeza nos llena de desasosiego. Daisy utiliza el espejo de la palabra. Se mira en él y a través de ese espejo escribe y nos mira a nosotros, y nos implica. En su búsqueda personal nos encontramos con la importancia de la poesía. La poesía nos lee cuando la leemos, y Daisy ha leído mucha poesía y de muy buena calidad. No sólo se expresa con la palabra, sino que sabe juzgarla. Eso la ayuda a la hora de escribir. No todo es serio en este libro. Hay alusiones muy divertidas, como ese pobre pirata al que le ocurre algo terrible en su pata de palo que no voy a revelar. Como las Juanas, las distintas Juanas que nos remiten a la Cuba natal de Daisy. Y no puedo dejar de señalar que ese desarraigo, que el exilio marca la poesía de Daisy de una manera brutal, recorriendo en profundidad todos sus poemas.
Ese sentimiento de estar out, o sea, fuera, de no po­seer, de no ser poseída, me recuerda una canción de Manu Chao, Clandestino, que decía Perdido en el corazón/ de la grande Babylon. Así siento a Daisy. Perdida, abandonada por la tierra que tuvo que dejar atrás con lo que ello implica. Se trajo sus vivencias, sus recuerdos, sus sentimientos y sus pensamientos pero dejó media vida atrás. Todo lo que construyó en su juventud y parte de su madurez quedó en su hermoso país caribeño, y no me refiero sólo a lo material, aunque también cuenta, porque las cosas no somos nosotros pero nuestros libros, nuestra ropa, nuestros enseres cotidianos también forman parte de nosotros, son extensiones nuestras y en ello basan su importancia. No es su precio sino su valor el que nos despierta la nostalgia. Dejó atrás familia, amigos, dejó atrás una vida y tuvo que partir de cero y construirse otra. Esto se ve en sus poemas: ese trasfondo de nostalgia, ese dolor que nos sabe transmitir, esa noche que se nos cierne. Pero también hay esperanza y amor en la poesía de Daisy. Una esperanza enorme. Una esperanza que vemos de la mano de sus perritas, las que irán a buscarla cuando el paso a otra dimensión se haga real, esa esperanza de un cielo lleno de rosas, esa esperanza que logra que este libro sea menos sombrío y menos doloroso.
Teresa Domingo Catalá

 

 

 

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