I

En su cuerpo se untó
la sed divina
y no la apaciguó el grito de la noche
ni la secreta emoción
del sepulcro escondido.

Con infinito tesón, mujer y sola,
alumbró a Erato en el segundo día.
Principio y fin de la congoja,
híbrido de rosa y de león.

Sinfonía al revés contra la clave de sol
será la soñadora, nunca el sueño
y en la duda de lo ya vivido
despertará sobre infinitas dunas
redescubriendo el Génesis.

Templada frente al dolor
con nuevas formas de decir,
emplazará la agonía
y al verbo.

II

Al amanecer,
cuando las flores alucinadas
abren sus pétalos,
mis manos cual colmenas
ofrecen miel a los lobos.
Lobos de cadalso
que la beben con los ojos cerrados.
Lobos embriagados de malicia,
llenos de bocas que me nombran,
atiborrados de rumores,
cuajados de falsos y repetidos ecos
de sonámbula incomprensión.

Y dreno toda nostalgia
y respiro el aire que no llega
y convoco al relámpago con su luz
que se alimenta de anémonas
y se guarece en mi garganta.

Al amanecer,
cuando las flores alucinadas
abren sus pétalos,
me atranco en mí con siete vueltas de llave,
pero con los lobos dentro.

III
Daba vueltas
alrededor del patio de la escuela.
Me imponía el rigor,
desde el suspiro de mis siete años
de mostrarme digna,
no se me fuera a salir el hambre
por la sonrisa.
Mientras tanto,
muchos niños con ojos como puños
engullían sin masticar sus meriendas.

IV
Hizo eclosión el huevo de la serpiente.
Reventó a pesar del frío,
al insinuarse la noche,
cuando los dardos de la luna
perseguían las neblinosas sombras.
Mas, no fue sólo el huevo,
también la muerte eclosionó
para que nadie durmiera,
para que el vino fermentara cáustico,
para que la memoria evocara:
              no la dulzura ocre del otoño
              no las rosas del balsámico jardín
si no a la hija pródiga de gesto alucinado
sin banquete ni padres esperando por ella.

Era la víspera de mi sonrisa
pero el huevo eclosionó,
rompió aguas, reventó y salpicó
cualquier merecido triunfo de mi raza,
cualquier júbilo.


V
Viene delante de sí en genésica andadura,
confluyendo con las crónicas,
buscando planetas de armazón desnuda.

Viene delante de sí
a diestra y siniestra.
Contra las manecillas del adiós,
sin tiempo.

VI
Lo que sucede cada día
es parte de la implacable noche.
Día a día
cada noche rebosa
su trocito de muerte.

Lo de cada día,
lo que a sangre y fuego
sucede cada día,
es parte de un manantial de noches
es parte de un manantial de muertes.

VII

Estoy semidormida,
mas, una sombra familiar
me acecha detrás de las cortinas.
Mi cuerpo repele las visiones
y mi boca grita callada
en un mar de colores ebrios.

Un viento oscuro cual famélico animal
acarrea la niebla, la arrastra a pedazos.

Mientras, la muerte
con su sólida armazón de tierra,
viene a mi cama
¡y se acuesta!
Burlona y feliz, me ignora.
Ha postergado mi nombre.

VIII
Madre, cuando te miro de frente
creo en la humilde tristeza de la hierba
que soporta inclemencias, ¡cada día!

Creo en un manso abanico de expresiones
y en tus manos,
que de tanto trajinar con aguas
atesoran diminutos lagos.


IX
A veces creo que he muerto
pero un remolino de rinocerontes
me sustrae del sueño,
me reinstala en la vigilia.
Y estoy viva, y los pájaros vuelan
y la hierba canta
y cualquier escalofrío del sepulcro
se transforma en límpido cristal que brilla.
A veces, con traje sacerdotal
me arraigo en la costumbre de los besos
y llamo a las momias, a los zombis,
a los resucitados de la vida.

A veces, un pacto con la gratitud
pone al galope un mítico alazán
que nos devuelve el aliento,
que nos calienta como tizones de minas
y encontramos esa mano
que sabe secar las lágrimas.

Pero a veces,
se sofoca el fuego,
se ocultan las maravillas
y es ahí, con el humo que regresa
que ataca la embrionaria pesadilla.
¿Estoy viva?

X
Ahora,
desnudo entre las calles,
deambulas,
pequeño corazón que apenas late.

Mas, yo te quería
como a un gato arrebujado,
como al poema que nunca escribí,
como al abracadabra de mis días,
¡yo te quería!

Ahora,
desnudo entre las calles
me buscas,
pero ya no estoy
¡y tienes que seguir latiendo!

XI
Simulas silencio,
con esa boca ambigua,
más bien muda,
reticente y estéril.
Buscas la remota zona
donde apenas llueve,
donde un doble de ti
se cubre con tu abrigo
y erige un sepulcro
que lo preserva.

Simulas olvido
y tu piel es una charca de sol,
un ardiente Sahara
donde la arena resplandeciente          
hace oasis con los sueños.

Simulas ausencia
porque ya no estás,  
porque tu perfil de lobo
no aparece en los espejos,
porque tu risa aviesa
profana la vida y la luz
en ese enigma que eres.

Simulas la muerte y a escondidas,
persigues cualquier costado resurrecto,
cualquier fruición que te levante
con una bocanada de vida.

XII
Mañana
cuando la ola crispada
le agregue sal a mi sed
la pena del Universo
se unirá a la pena mía
en la mágica marea de siempre.