Streaptease y eclipse del alma

La luz


14 de julio. Mediodía. Al resistero del sol las plantas más vulnerables pliegan sus hojas y los pájaros callan. Calor saharaui. Hace exactamente un año un día como hoy estaba en Maguana6 con Danilo Coppe7. Maguana: il paradiso, a 22 km. hacia-desde Baracoa. Todo a mano: sobre todo la soledad justiciera y sin límites. ¿Cómo poblarla?

Leo, releo:
Pasear contigo en soledad perfecta (…) Pasear contigo por la superficie / de redondez suave de la tierra.
Cambio de autor:
Una lluvia de arena / cayó sobre las órbitas / de mis ojos de nieve / y mis novias sonámbulas / han dejado sus cuerpos / meciéndose en la hamaca / que tejió con su aliento / la araña de cristal / las nubes inocentes.

Cacao en las pieles, aroma de café en la brisa que riza el mar desde las sólidas montañas, difuminadas ya en el atardecer. Subiendo la escalinata para ganar toda la amplitud panorámica, llegando a la desembocadura del río Miel. Más tarde, una madrugada, intentaría traducir estas experiencias a texto: Primera aproximación al concierto submarino. Londres es el apellido del artista. Danilo Coppe retornó a Falcade el 22 de julio.

Los continentes del insomnio
He nacido a 2 km de la Huerta de Cándido. En vida de mis
abuelos los residentes de la zona se podían contar con   los dedos. Ahora hay aquí mucha gente venida de otros sitios. En otra parte yo he hablado de la desaparición de las viejas formas de convivencia, de la pérdida de ciertas distancias y ciertos respetos, de la nueva tónica de las costumbres. Iba a escribir disolución, pero me doy cuenta a tiempo de que el término es excesivo.

Me marché adolescente y luego he vuelto solo de cuando en cuando. Ciudades: La Habana, Moscú, otra vez La Habana, Holguín, otra vez Moscú, Holguín, Madrid, Holguín. Gentes, libros, paisajes. Un poeta “criollo de la tierra”.

En 1967 publiqué mi primer poema, bajo seudónimo, en La Gaceta de Cuba. —¿Por qué el seudónimo?—, me pregunta un amigo. No creo que entonces necesitara complementarios, heterónimos; más bien un indicio de mi vinculación con las ciudades de la llanura. La noche, los bares: Antínoo.

Ya cuando mi primer libro es premiado soy, con todo derecho, ciudadano de la noche habanera. No es la noche desconcertante y vasta de Caín. Es una noche en menguante, limitada a pequeños clubes como 23 y El Coctel, pero todavía puede proporcionarnos sorpresas que la memoria agradece, como poder escuchar a Virgilio Piñera8 diciendo sus textos en El Gato Tuerto, mientras Miriam9 canta.

Sí, hice bohemia en La Habana a fines de los años sesenta, bohemia heroica, y conocí los Max Estrella de aquellas madrugadas, y conocí los Retana, los Répide, al marqués de Hoyos y a Pedro Luis de Gálvez10, excelente sonetista y bohemio golfante.
Volví a hacer bohemia en La Habana una década después; lugares: el parque de la Funeraria de Calzada, el Patio de la Catedral, en La Habana Vieja; el Club Latinoamericano del Prado.

Apuntes para una historia de la bohemia habanera, autor Tomás Fernández Robaina11:
“Por estos días también conocí a Delfín Hiram Prats, poeta bohemio y marginal, no por oponerse a estructura socio-política alguna, sino porque esa fue su autenticidad desde siempre y para siempre. Róger (Coco) Salas12 llamaba “devaneo” a la bohemia desalcoholizada, de heladería y portal de la cinemateca. Reynaldo Arenas13 rechazaba el “devaneo”, el alcohol y la bohemia, aunque amaba lo “golfante” y poseía su propio particular infierno poblado de hampones y esperpentos. El incisivo compañero de playas y aventuras non sanctas (ávido lector de Andersen y de Djuna Barnes) prevalecerá siempre sobre la execrable estela.”

Delfín Prats escribe en una de sus cartas: “Nosotros fuimos (se refiere a Arenas y a él) las primeras figuras de un sector generacional no apto para hacer el juego a ninguna doctrina oficial (…).

Acceder a esa infancia (la de Celestino)14 se podría a través de mi propia experiencia, entrar en ese paisaje en busca de una arqueología de los goces, de las acechanzas.””

Llegarnos hasta el mar y zambullirnos. Rimbaud, Borges, Baquero. El despertar de la inocencia, dirías, María Zambrano. Si, las pesquisas de una inocencia liberada de todo causalismo ético o religioso.

La memoria tiene sus talismanes —me susurra el Borges de entonces— extensos, ardientes y vastos declives de la noche, que linda con la aurora.

Al entrar al Taller de Papel Hecho a Mano, encuentro al joven pintor en plena faena. Y conversamos por primera vez. Veintiséis años, graduado del ISA15. Currículum, exposiciones colectivas y personales. Después que ha respondido a mi pregunta sobre la obra que ahora le ocupa, le pregunto por la muchacha con la que lo había visto más de una vez en años anteriores. La relación ha terminado. Ella, graduada de nivel medio de Arte, ha vuelto a su pueblo, una pequeña ciudad vecina al mar. Está bajo el cuidado de la madre, que no la deja salir ni pintar. La relación entre los jóvenes artistas había durado poco más de un año. No hay —no puede haber— regreso a la vieja relación de armonía y locura cuando el joven pintor le proporcionaba de todo: hogar, materiales, sugerencias, comida y sexo.

Esquizofrénica, pintaba sus alucinaciones. Se reinventaba a sí misma a través de sus alucinaciones. Sí, recuerdo la inauguración de su muestra antes que yo dejara Holguín para instalarme en la Huerta, y recuerdo a la muchacha con aquel atuendo y los dibujos en el cuerpo y una aguja clavada en la piel entre ceja y ceja. Recuerdo las pinturas alucinantes cuyas fotografías otra muchacha me mostraría dos días después en el Taller de Papel. Tomaríamos té, hablaríamos de papel, de la posibilidad de imprimir algún texto mío (el director del Taller es el compañero en la vida de la muchacha con quien conversaría dos días después, mientras preparábamos el té en la marmita eléctrica y luego, tomándolo, hablaríamos de las materias con que se fabrica y de las perspectivas de este tipo de faena).

Para llegar a la Huerta el día prefijado, el joven pintor y su acompañante se extraviaron y anduvieron dando vueltas por todo el Valle de Mayabe, preguntando a los payeses por un poeta así y así que vive en una huerta rodeada de cocoteros. Una huerta con aguacatero grande a la derecha y plátanos y papayos y calabazas y boniatos y ajíes y al fondo un almendro disuelto en el esplendor y el vaho de las tardes. Nadie supo orientarlos, pero finalmente han llegado.

A ella la he visto trasteando ávidamente en los anaqueles de la biblioteca provincial en busca, sin duda, del libro que finalmente le revelará todos los arcanos de la escritura, disipando sus perplejidades metafísicas, sus dudas ontológicas y existenciales de los dieciocho años.

Es alta, pero el desaliño de su indumentaria, que sin duda ha vestido con la prisa de las inquietudes que causa la primera incursión a territorio prohibido, no deja entrever si esa largura extrema de los muslos o esa adivinada estrechez de la cintura, o el tímido asomarse de los senos, son los de una belleza destinada a despertar y castigar apetitos, o si son miembros del tránsito efímero, mortales como rosas. El rostro no corresponde al cuerpo. El rostro es duro, frío, casi varonil. Y su habla defectuosa: ¿el frenillo? De todos modos un habla y un rostro que ella quisiera ocultar, modificar, permutar.

Entonces, lo que la ha lanzado a la aventura hacia mí, es lo mismo que el otro día la lanzaba con tanta avidez junto a los anaqueles, hacia los lomos de los libros. Para ella también yo poseo arcanos, también yo puedo esclarecer dudas, disiparle enigmas y abrirle expectativas.

Para el joven pintor —contra cuyas piernas ahora se restriega mi gato Salvador Dalí—, la interrogación sigue siendo la misma del encuentro anterior. ¿Por qué? ¿Qué hace usted? ¿Cómo es posible que alguien como usted se sienta bien aquí, alejado de todos, entre los árboles? Y sobre todo, ¿cómo puede vivir bajo todas esas privaciones que usted mismo se ha impuesto?

Después es la muchacha la que interroga. Mis relaciones amistosas con el Muerto Célebre la intrigan hasta el extremo de hacer preguntas a quemarropa, lancinantes. Sí, ella ha visitado a la madre del Gran-narrador-rendido-a-las-sombras.

El 7 de diciembre de 1990 era, por ironía del devenir, un día de duelo nacional.

Quiere saber tantas cosas que no bastaría toda la mañana a explicarlas. Años, lugares, gentes, libros, razones. Finalmente disipa mis dudas iniciales sobre su vocación. Pretende ser narradora. Y quisiera no perder el tiempo en lecturas banales. Ir al grano, sortear toda emboscada errática. Dieciocho años, estudiante. Hay una segunda muchacha, estudiante como ella de la Escuela de Economía. Tiene dieciséis años y quiere ser poeta. De ella hablamos el joven pintor y yo durante su segunda visita a la Huerta, el domingo (hoy). Ha llegado temprano, esta vez siguiendo la diritta via. Trae un pan de cuatro cuartas de largo y un bolso con mangos. Lo invito a un potaje de chícharos al que agregaré calabazas y ajíes de la Huerta.

He tenido un percance. Ayer se ha partido la resistencia de la cocina eléctrica. Estoy cocinando con leña en el “rancho” y le sugiero que pasemos al portal para escapar del humo.

Ya en el portal y protegidos por la enredadera, vuelve a la carga:

-Este estado de limitación económica, de ruptura de la mayor parte de los vínculos sociales, ¿no lesiona su obra, su pensamiento, su condición humana?

-No vine a la Huerta a buscar inspiración, sino para escapar de un exceso de ruido. Yo nunca he necesitado condiciones para escribir, no soy escritor.

Mi escritura ha sido el producto de ciertos estados especiales de la conciencia vigil en respuesta a las encrucijadas del momento. Entre más saturado está el momento por tensiones sociales, más densa es la escritura, más cargada de significados. Las condiciones adversas me han estimulado siempre, el desbalance psicológico adquiere equilibrio en el texto, el texto encuentra sus esplendores, pero solo después de rebasar esas tensiones. Un poema como “Aguas”, donde exalto un tanto las devastaciones que sobre la naturaleza ejerce el progreso, y donde canto la situación real de los hombres atrapados en esa encrucijada, nace de una circunstancia de disconformidad, pero al final se impone lo estrictamente poético, que vence al demonio de lo anecdótico: el milagro de la primavera, la rama verdecida del viejo olmo.
-¿?

-¿No te molestaría si te digo que ustedes los jóvenes artistas son los niños mimados del sistema educativo y de las instituciones de cultura? Por ustedes se preocupan desde temprana edad, apenas muestran los primeros signos de la vocación: becas, escuelas de arte a todos los niveles, desde el elemental al superior. La inversión para la educación artística (por lo demás gratuita) debe ser una de las más altas del mundo. Y se trata de una enseñanza amplia y desprejuiciada, con una visión global de la Historia del Arte, que no oculta sus parcelas supuestamente incómodas. Y esa inversión es en gran medida desinteresada, es como si los organismos encargados de la Cultura disfrutasen de esa inversión: medios, escuelas, un aparato burocrático, todo encaminado a crear artistas inquietos que, con el paso del tiempo, consideran con Broch que el primer deber de todo artista es, además de comprender su época, oponerse a ella.

Se gradúa el artista y en muchas ocasiones se va, para aquel lugar del planeta a donde se le proporciona un viaje y no retribuye lo recibido. Incluso no vuelve. Se pierde, como los carneros que Cándido sacó de El Dorado, con su preciosa carga. Una vez escribí que no hay obra sin obstáculos, que la obra se crece de manera directamente proporcional a la resistencia exterior. Quizás ese artista que no vuelve no se pierde, quizás se realiza creciéndose frente a los obstáculos que va a ponerle el medio de adopción.

-El mundo no está hecho de escritores y artistas, ¿qué ve a su alrededor y qué impresión le causa?

-Bueno, a veces veo cosas que no me gustan y tengo que lidiar con actitudes que se las traen, pero el poeta no es un moralista (al menos no lo es de manera directa). A veces uno quisiera vivir en un mundo donde primaran el desinterés y las relaciones de armonía entre los hombres y no esa Babel de apetencias y quimeras que nos sale al paso con solo trasponer la portería de la Huerta. Yo, cuando veo a los muchachos y muchachas apeteciendo desmedidamente —ya no a nivel de su valor de uso— los trapos y las cosas, pues me siento muy defraudado. También está la apetencia del dinero, el dinero como fin en sí mismo, como ostentación de supremacía, y no como un medio para satisfacer necesidades vitales, el perseguir los papelitos verdes no para comprar frutas y verduras o para hacer felices a los niños regalándoles papalotes, sino con el fin perverso de trazar líneas de demarcación entre unos ciudadanos y otros o para invertirlos con fines de lucro.

-Sí, me gustaría vivir en un mundo donde la gente cuidara más de su línea, de su apostura física, de su apariencia personal natural y sin afeites y no manifestara tanto apego a la carne de cerdo. Que amara las infusiones, el té, que potencia las excelsitudes de la parte chen del alma, y los vegetales, que renuevan y flexibilizan los tejidos corporales.

Pero me doy cuenta de que si mañana desato una campaña contra la ingestión del cerdo o contra el uso de peinetas plásticas, voy a buscarme la animadversión, no solo de los consumidores, sino también de los productores —sobre todo las mujeres del campo— que necesitan cebar un cerdo para venderlo y satisfacer muchas necesidades razonables.

(...)