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PRÓLOGO DE ROGER SALAS

©La prosa de Delfín Prats o ‘Los manuscritos no arden’.

 

Las calificaciones literarias a veces nos meten en una selva intrincada. Los textos en prosa de Delfín Prats (Holguín, 1945) son difíciles de clasificar. Por sí mismos, tienen fuerza, el valor de la honestidad, el perfume retrospectivo de la madurez, pero ¿dónde los colocamos en esta manía contemporánea de que todo escrito debe responder a una forma o ser algo? Obviamente, a Delfín Prats se le conceptúa como poeta. El corpus importante de su obra es eso, poesía, y sus versos son los que le han colocado a la cabeza de los poetas cubanos de su generación y a un más que merecido prestigio entre intelectuales y artistas tanto de Cuba como de Latinoamérica y más ahora recientemente en el ámbito de Europa Occidental. Pero siempre cabe preguntarse qué pasa con la prosa de los poetas natos. ¿Acaso estamos en condiciones de predecir por qué textos exactamente será recordado un autor en el futuro? Desde luego que no. Jorge Luis Borges: prosista y poeta, Octavio Paz: prosa y poesía; en algunos otros narradores, la poesía fue recurrente; hay casos de complejo equilibrio, como Virgilio Piñera, entre cuento, teatro y poesía. Para esto no hay respuesta vertical. Delfín Prats ha manifestado que le hubiera gustado ser “el poeta de una sola novela” y cita “El bosque de la noche” de Djuna Barnes. Pero es que Barnes era eso, básicamente una poeta y dejó una imponente obra lírica que claro, no ha llegado a la fama de su única novela (que prologó T. S. Elliot), pero que, en paridad, la compite en calidad; también Djuna fue cuentista, articulista y nos dejó una pieza de teatro tan enigmática como grandiosa: “Antiphone”, paradójicamente casi olvidada. Y aprovecho para señalar que en la prosa de Delfín Prats hay también una especial teatralidad a la que pega mucho el mismo adjetivo: enigmática. En algunos momentos y de manera delicada, Prats en su prosa homenajea mediante sutiles paráfrasis a un personaje capital de Barnes en “El bosque…”: el Doctor Mattheuw O’Connor: “La gente de mi estirpe, creo, recibe una herencia de sombras mayor que la que toca a otros, pero también, me parece ahora, con ella recibimos ciertas capacidades y aptitudes, que nos auxilian a la hora de disipar esa cuota excesiva de oscuridad” (Cuarto envío / La carta).

El eje cardinal de este tomo de prosas es sin dudas “Cinco envíos a Arboleda”. Clasificarlos como cuentos a secas no acaba de dejarme satisfecho ni se ajusta al material, y me atengo más a la idea (que no sé siquiera si pasó por la mente del autor) de una noveleta de estructura experimental o relato largo memorial en cinco partes o prismas que, a su vez, pueden ser leídos independientemente, módulos que podían ser siete o diez, como el mismo autor ha expresado en alguna ocasión. Téngase en cuenta que esta prosa es el material sobreviviente de varios avatares, la substancia vivencial de empresas abandonadas. Una vez sometidos a análisis, comprobamos que los cinco envíos necesitan unos de otros para sostenerse, que son un todo, y que su misterio (y parte de su valor literario) está en que Prats ha dejado la puerta entreabierta tanto a la interpretación como a la tarea de adjuntado; no sabemos si hay más cartas o si el retrato de Gastón Arboleda tuvo más matices, pero sí asistimos al trepidante “Cero en conducta” (el más complejo estilísticamente y cuyo título remite al mítico filme de Jean Vigo de 1933). Quién sabe cuántos envíos más hubieran podido ser escritos (o imaginados) en ese fragor cambiante de su biografía personal, que fueron los años comprendidos por más de dos décadas (1970-1990…), tiempo cruel de agitación en lo social, lo político, lo ideológico, lo artístico. En aquella época, Delfín Prats sufrió un cruel ostracismo. En su visita a Madrid con ocasión del Homenaje a José Lezama Lima en la Casa de América, cuando le entrevisté para el diario “EL PAÍS”, apenas aludió a aquella etapa oscura que aún coleaba en la presencia de los comisarios políticos que empañaron y desdoraron el fallido evento.

Hay infinitud de campos exploratorios (y simbólicos) en los que podría detenerme y que modelan la personalidad del escritor por encima de las circunstancias, imaginadas o no, de sus personajes (presencia de los locos, la escultura “Martirio de Hatuey”, la ‘guachipupa’ como elíxir, un ridículo maná promisorio). Para los holguineros de aquellos tiempos, personajes como Pablo Garcel o Lucila son fácilmente reconocibles, pero eso, a la postre, no tiene mayor importancia que lo que marca a Delfín Prats como un agudo observador de la realidad, alguien capaz de expresar incluso su propio entusiasmo sentimental, reglarlo con elegante distancia.

Desde la primera lectura que hice de “Cinco envíos a Arboleda” pensé en la influencia soterrada y vivificante de Mijail Bulgákov, y no solamente el Bulgákov popularizado de “El maestro y Margarita” (versionado en cine y en ballet, libro maldito donde los hubiera, que el autor reescribió basándose en su memoria y que durmió inédito hasta que, en 1966, 26 años después de la muerte del escritor, fuera publicado). Veo entre líneas que, ese lector apasionado que es Prats, ha profundizado tanto en Bulgákov como en Barnes, pero está en él muy abonado el terreno por obras como “Morfina” (1926) y por los cuentos, especialmente “Corazón de perro”; hay que referirse también a la “Novela Teatral” (1937), libro erróneamente tenido por menor en el corpus Bulgákov, a quien pertenece esa frase magistral que me apropio para título de este prólogo: “Los manuscritos no arden”; como buen conocedor de la lengua rusa, Delfín ha podido leer a Bulgákov en su original.

La función motora, la tarea principal de estos personajes de Prats es inventariar aguas en unas sórdidas y sofocantes oficinas. La síntesis redaccional es compacta, directa, hasta expeditiva y cortante. A veces, trátase de un acelerado, casi nervioso, guión telegráfico-narrativo, de un plan en boceto que se agosta sobre sí mismo y que el lector debe, por fuerza, terminar de componer.

Es importante, diría que definitorio, estudiar el paisaje, adentrarse en el fondo de la pintura mural donde el escritor no solamente vive sino donde ha ambientado su prosa; Cuba es una isla. Holguín es una isla dentro de la isla. Si queremos seguir en ese juego de espejos, hay todavía otras pequeñas islas sucediéndose de forma concéntrica hasta llegar al escribiente, a quien siente la obligatoriedad del relator. Puede especularse con que la poesía, en cuanto escenario, es otra cosa, que vive más en un desmesurado y particular paisaje interior, pero aquí lo que nos ocupa, precisa de un retrato en perspectiva, de un fugado si se quiere, teatral, de una escena donde colocar a los personajes y sus situaciones, donde desfogan un proceder ansioso hasta lo incauto. Cada lector hará su composición paisajística a partir de lo que poco a poco desgrana Prats en sus relatos. Pero esas descripciones serán siempre parcas o ceñidas a lo que estrictamente, en el estilo, necesita la narración. No hay profusión (ni barroquismo) en la cornisa decorativa porque lo que el narrador pretende contarnos es igualmente austero, o más bien, pedestre y pobre, recurrente y utilitario como los muebles usados o las maquinarias viejas, ya sea una radio o un ventilador, un camión o un jarro improvisado con una lata vieja. Es un paisaje duro que oscila entre lo rural y el extrarradio de suburbio que no necesita (ni resiste) ser adornado y el autor además no quiere hacerlo; su propósito es despojar el relato tanto de lo accesorio como de la condescendencia. Lector infatigable, el destilado experto y acumulativo le da al narrador unas armas poderosas y afiladas. La escenografía pedestre y cultivadora del feísmo estrechan el lazo sobre la acción y atrapan al lector. La ironía con los objetos (la mesa-burén) y con las personas (Wrangel) es despiadada porque esa es la luz brutal (o la ausencia de foco) que exige el relato.

¿Y cual, sumariamente, es la temática que cruza los “Cinco informes a Arboleda”? Diría que es la ética, o la desesperada falta de ella, la búsqueda substancial de alguna paz en lo que se hace compulsa u obligadamente. Los personajes pululan en una lucha por la supervivencia y el destaque, lucha tan doméstica como implacable. La metáfora es a la vez cruel e iluminada, se mueven en círculo, pero miran atrás como en el relato bíblico, y es así que cae sobre ellos una maldición de continuidad, un ‘continuo’ de rueda de la fortuna contra el que no hay nada que hacer. Cada informe es una evocación cismática de un hecho que se oculta o se intuye y hay algo de “Rashomon” (filme de Akira Kurosawa de 1950 basado en dos cuentos escrito por Ryunosuke Akutagawa en 1915: “La puerta de Rasho” y “En el bosque”, donde se dan varias versiones, contradictorias a las vez que complementarias, de un mismo hecho trágico). Igual que Kurosawa usa una magistral economía de medios en su filme, Prats acota y acorta con severidad sus escenarios.Tanto en el filme japonés como en esta narrativa del cubano, se habla mucho, se juega a filosofar o presuponer sobre la condición humana desde ejemplos intrascendentes. Las fechas al pie y al final de los envíos 4 y 5 tienen una función sutil pero precisa; lo mismo sucede con la carta que abre el tercer envío, gesto retrospectivo que licencia toda la narración hacia un tiempo impreciso por perdido. Burocracia, indiferencia, desánimo, miedos (ancestrales o adquiridos), un relajo solidario que flota en el ambiente y puede explotar en cualquier momento en forma de charanga, desparpajo o la terrible ira agraria, con su fuerza absurda. Toda esa respiración vive, anida en esta prosa, larvada desde un hastío solar en la postura de su creador, eso que esmalta la pintura de su propósito, permanecer en el centro de la acción y correr el riesgo de ser arrasado por ella. En esto radica su mayor fuerza moral. Y hay algo descarnadamente cierto: en cuanto a su límpida calidad literaria, “Cinco envíos a Arboleda” es mejor prosa que mucha literatura insular premiada, aupada y difundida a golpe de fanfarria editorial, pocas veces dentro de Cuba, la mayoría fuera de ella. No es una cuestión de territorio, sino de peso propio. Esa batalla ha sido ganada por Delfín Prats y su obra. El autor ha hecho correcciones y cambios, no sensibles al todo literario, pero sí voluntariosos, de la primera edición holguinera de 1991 a esta de 2014, y esos cambios, criterios y procesos de Prats deben ser respetados al máximo, como hace esta presentación de la Editorial Cumbres; Prats tiene la última palabra sobre qué queda y qué no, que se lee y qué se desecha, es su derecho inalienable. La edición de 1991, sin embargo, tiene un valor testimonial innegable, aun estando plagada de erratas y despropósitos (que van desde la tinta al papel), como si un fatum determinara siempre el destino editorial del escritor. No hay más que citarle: “Es cosa difícil vivir la Historia en carne propia. Es fácil abogar ahora contra el crimen pasado, esclarecido, juzgado y por lo tanto inofensivo, más difícil resulta cuestionar nuestro obrar de cada día, atrevernos a poner en tela de juicio nuestra propia impiedad, nuestro silencio y nuestra indiferencia”.

Para acercarse a la obra de Delfín Prats no hace falta tragarse varios diccionarios y crear un verbo ampuloso. Todo lo contrario. El escritor es tan claro y contundente que merece el mismo respetuoso trato en el lenguaje de aproximación. El propio autor, consciente de que está pergeñando un libro atípico, fuera de género y escurridizo a la horma, escribe: “Sí, ha sido San Alejandro el que me trajo la convicción de que la literatura –aún esos textos que como el que te envío con dificultades podemos adjudicar a un género- nos resarce de pérdidas de criaturas y del paso de días calcinantes…”

Leandro Estupiñán hacía esta descripción en un número de 2006 de la revista Unión: “La casa de Delfín Prats es ruidosa, penúltimo sitio en el cual se refugiaría un poeta. Construcción moderna de cemento y placa con el interior pintado de azul, enlosado el suelo, enrejadas puertas y ventanas, de pequeño espacio, escueta. Pocos muebles utilizables dentro: tres sillas de bagazo y un sillón defectuoso. Desde el otro lado de la pared, en su cuarto-cocina, asoma una cama de hierro. Lo demás no logra verse pero él lo ha dicho: “Tengo un radio junto a la cama”. Y posee más: una bicicleta cubana, una hornilla eléctrica criolla y un gato. Libros no tiene; ni siquiera los suyos”.

Está demostrado que Delfín, gallardamente, lleva los libros dentro.

Roger Salas

Madrid, Primavera 2014