PRÓLOGO DEL LIBRO

Los Quijotes
cabalgan de nuevo


No hay duda. Nadie a estas alturas del siglo lo pone en duda: El Quijote es la obra literaria más difundida, más traducida, más influyente de nuestra cultura occidental. Tampoco hay que echar las campanas al vuelo, pues mejor sería menos difusión y más lectura, pero esa es otra historia. En el éxito de las aventuras de Don Quijote y de Sancho Panza, en su capacidad de mezclarse con la cotidianidad de sus lectores (o al margen de los mismos) siempre hablamos de ediciones, de traducciones, de grabados y de cuadros o tapices, pero dejamos en el olvido uno de los aspectos más esenciales, uno de los espacios donde realmente viven los personajes ideados por Cervantes: las fiestas, las adaptaciones, las recreaciones, las imitaciones… Don Quijote se vuelve un caballero de carne y hueso (huesos que son evidentes en el caso de Rocinante) el 10 de junio de 1605, a los pocos meses de publicarse la obra en Madrid y comenzar a difundirse en Valladolid, nueva sede de la corte. La ocasión no podía ser más regia: las celebraciones y la alegría desbordante en la propia Valladolid por el nacimiento del príncipe Felipe, el que llegaría con los años a ser coronado con el nombre de Felipe IV. El testimonio no lo ha dejado escrito Tomé Pinheiro da Veiga en su Fastiginia: “Y en esta universal folganza, para no faltar entremés, apareció un Don Quijote, que iba en primer término como aventurero, solo y sin compañía, con un sombrero grande en la cabeza y una capa de bayeta y mangas de lo mismo, unos calzones de velludo y unas buenas botas con espuelas de pico de pardal, batiendo las ijadas a un pobre cuartago rucio con una matadura en el borde del lomo, producida por las guarniciones del coche y una silla de cochero”. Esta será la primera de una larga lista de apariciones en la plaza pública, que nos lleva de la ciudad peruana de Pausa (1607) a la alemana de Dessau (1613), sin olvidar su aparición en Zaragoza (1614) en los festejos por la beatificación de Santa Teresa, y de ahí a Úbeda, Madrid, Sevilla, México… la geografía del éxito mundial del Quijote en sus primeros decenios de difusión.
Al pasarse las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio, Alonso Quijano daba vida a los caballeros andantes de papel que leía en sus amados libros de caballerías. Con ellos hablaba. Con ellos peleaba. Y con ellos soñaba con una nueva vida, nuevas aventuras nunca hasta entonces jamás escritas. Y con ellos, de su mano, de la geografía de los sueños y de las esperanzas, se sacó de la chistera de su voluntad a don Quijote de la Mancha, su alter-ego, ese que le permitía soñar con una vida real de papel, mucho más rica, mucho más interesante, mucho más necesaria que la vida de carne y hueso al que estaba condenado en su “lugar de la Mancha”. Alonso Quijano creó a don Quijote a imagen y semejanza de sus sueños, de sus deseos. Un personaje de papel que cobra vida página a página en la primera parte del Quijote, la que se pone a la venta en 1605. Nadie más que Alonso Quijano sabía de su existencia. Nadie más que él podía saber quién era y quién podía ser don Quijote de la Mancha. Por eso, todas las personas (personajes a su vez de papel) con los que se encuentra el caballero manchego en la primera parte no tienen ninguna duda: aquel ser extraño es un caballero andante, y como tal lo tratan, ya sea por burla, ya sea por aburrimiento, ya sea por necesidad… Pero, ¿qué sucede cuando don Quijote, cuando el Quijote llega a manos de un lector, cuando sus aventuras no son las de “cualquier” caballero andante, lectura todavía viva en la España de finales del siglo XVI, sino que se transforma en las aventuras de “un” caballero andante, un “particular” caballero andante como es Don Quijote de la Mancha? La reacción es siempre la misma, comenzando con el guión establecido por el bachiller Sansón Carrasco, hombre socarrón no se olvide: al saber que don Quijote “vive” en un mundo de papel, alejado de la realidad, por lo que solo desde el “papel”, desde la ficción, se pueden estrechar lazos con él. Pero un mundo de papel que “vive” también en las plazas públicas, en los ballets que desde los años veinte se suceden en todas las cortes (comenzando por la francesa), en obras de teatro, y en continuaciones, en recreaciones, en ampliaciones o imitaciones narrativas o teatrales. De este modo, estos personajes de papel se convierten en personas de carne y hueso, que pueden entrar y salir de la ficción con toda libertad, con una libertad no vista hasta entonces.

Alonso Fernández de Avellaneda, quien se esconde detrás de este pseudónimo, al que Cervantes le dedica la mayor de las venganzas al no descubrirnos su identidad, sigue a pies juntillas una costumbre de la época: retomar las aventuras de una historia –ya sea novela, teatro o poesía narrativa- para continuarla en el punto en que el primer autor la había dejado. Ni más ni menos. Así sucedió con el ciclo de Amadís de Gaula (al libro VII de Feliciano de Silva, le sucede un VIII firmado por Juan Díez y un noveno por el propio Feliciano), y así lo veremos en el Guzmán de Alfarache y con el Quijote apócrifo de Alonso Fernández de Avellaneda. En esta última obra aparecerá don Quijote, pero será otro don Quijote, así como Sancho Panza, que nada tiene que ver con el Sancho Panza al que nos acostumbrará la pluma cervantina. No importa. Nada nuevo en el parnaso español, donde los derechos de autor era un sueño que no habían ni comenzado a vislumbrar los escritores de la época.

 

 

 

 

 

Miguel de Cervantes va a ir más allá, va a dar un paso genial en su propuesta narrativa en la segunda parte de su Quijote, reacción escrita a la lectura de Avellaneda. No solo el personaje toma las riendas de su vida negando la veracidad de lo que se narraba en los anales de La Mancha (es decir, el plan narrativo inicial ideado por el propio autor), y de este modo, deja a un lado los torneos y justas caballerescos de Zaragoza (en los que participa el de Avellaneda) y se dirige al misterioso mar de Barcelona, sino que va a introducir a Álvaro Tarfe, personaje inventado por Avellaneda, dentro de su historia para demostrar la autenticidad del Quijote de papel cervantino frente a la falsedad del Quijote de papel avellanesco. Un diálogo trepidante de identidades, de veras y de burlas, que comienza con una pregunta que es un acto de identidad literaria hasta entonces nunca antes ensayada:

“-Y, dígame vuestra merced, señor don Álvaro, ¿parezco yo en algo a ese tal don Quijote que vuestra merced dice?”

    A lo que Álvaro Tarfe responde con toda la seguridad de quien se sabe “real” en una historia que ha tocado a su fin:
    
“-No, por cierto -respondió el huésped-: en ninguna manera”.
    
Un diálogo que culmina en una de las peticiones literarias más ingeniosas, que solo tienen sentido (y los lectores de todos los tiempos lo hemos leído así) sabiendo que los personajes de las ficciones tienen su vida más allá y más acá de la letra escrita, que pueden salir a las plazas públicas compartiendo nuestra geografía y nuestro tiempo, que es posible que haya escritores que dediquen parte de su vida a darle escritura a esos espacios en blanco que han quedado en la historia leída:
-Finalmente, señor don Álvaro Tarfe, yo soy don Quijote de la Mancha, el mismo que dice la fama, y no ese desventurado que ha querido usurpar mi nombre y honrarse con mis pensamientos. A vuestra merced suplico, por lo que debe a ser caballero, sea servido de hacer una declaración ante el alcalde deste lugar, de que vuestra merced no me ha visto en todos los días de su vida hasta agora, y de que yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte, ni este Sancho Panza mi escudero es aquél que vuestra merced conoció.
-Eso haré yo de muy buena gana -respondió don Álvaro-, puesto que cause admiración ver dos don Quijotes y dos Sanchos a un mismo tiempo, tan conformes en los nombres como diferentes en las acciones; y vuelvo a decir y me afirmo que no he visto lo que he visto, ni ha pasado por mí lo que ha pasado. (DQ, II, cap. 72)
Y así será y así ha sido desde el siglo XVII hasta nuestros días. Las aventuras cervantinas no solo se han llenado de lenguas, de interpretaciones, de líneas y de detalles y matices, sino que se han ampliado, continuado y se han imitado en decenas y decenas de nuevas obras. Así desde 1609 cuando se París se publica Homicidio de la fidelidad y la defensa del honor, una ampliación bilingüe en español y en francés, en que se narra la historia de la muerte del pastor Filidón por el amor de la pastora Marcela, personaje que aparece como una primera dama de la escena en el entierro del pastor Grisóstomo; y en 1614, el mismo año de la publicación del Quijote de Avellaneda, se publicará El caballero puntual de Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, que cuenta las andanzas cortesanas de don Juan de Toledo, quien llegará a combatir con el propio don Quijote… y la historia no ha hecho más que comenzar.
En esta senda, en esta solo esbozada senda de personajes que saltan de las páginas cervantinas para cobrar vida propia, hay que situar El viaje de los fingidos de Santiago Martín Bermúdez. Una esperada novela desde que en 1997 escribiera su obra teatral La más fingida ocasión y Quijotes encontrados, que se estrenó en el Festival de Almagro de 2005. Una obra singular por el tema (esa mirada particular de Fernando Miranda), por sus personajes, pero que admira por su capacidad de rememorar el lenguaje del siglo XVII, ese mismo lenguaje de un lector del primer Quijote. Fernando Miranda, cuatrocientos años después, nos desafía con su mirada, con su lenguaje, y nos devuelve la lectura más de entretenimiento del Quijote, esa que no deja de enseñarnos al mismo tiempo que nos deleita. Una novela la de Santiago Martín Bermúdez que se inserta en la mejor tradición de continuaciones de la obra cervantina, la que permite seguir afirmando que “Cervantes vive”. Un verdadero tesoro de pasatiempos.


José Manuel Lucía Megías
Junio 2016