Rabito

Cuando yo era chiquita no tuve animalitos y como tampoco tuve hermanos, me convertí en una persona solitaria.
Mi primer perro apareció cuando yo tenía once años y ya era una señorita. Él se llamaba Rabito y no recuerdo cómo llegó —seguro que lo trajo mi papá, porque los perros lo seguían aunque él no los llamara—. Era un cachorro sato —pero ratonero—, blanco con manchas negras, de pelo corto y rabo largo.
Le busqué una caja con trapitos para que tuviera su espacio propio. Y enseguida entendió, saltó y se echó dentro. Ahí se metía para sus siestas del mediodía y a dormir por las noches.
Cuando lo veía dormido, cerraba las tapas de cartón para que no le molestara la luz y pudiera soñar profundo. Pero, en la penumbra de su caja, a veces Rabito tenía pesadillas; me daba cuenta porque sentía sus griticos nerviosos. Entonces abría la caja y lo tocaba, lo llamaba; sus ojos giraban medio abiertos y era que le costaba trabajo salir de la pesadilla… Hasta que levantaba la cabeza y me miraba, agradecido.
—¿Rabito, de dónde vienes tan asustado? —le preguntaba yo.
Rabito era educado, pero le gustaba la calle.
Desde lo alto del apartamento donde vivíamos se subía a mis piernas para asomarse a mirar los carros, el ir y venir de la gente. Cuando pasaba otro perro, ponía sus patas en el borde de la ventana y sacaba el pecho, paraba las orejas, husmeaba el aire, movía rápido su rabo y lloraba finito.
Pero él no conocía a otros de su especie; yo era su única amiga.
Lo más sobresaliente de Rabito era su mirada. Parece que quería comunicarse con aquellos ojos grandes y redondos, brillantes. ¿Qué me hubiera dicho Rabito si hubiera podido hablar?
No sé decir si él tenía mirada de perro normal, pero sus ojos me parecían de persona genial.
En mi casa no había patio de tierra; éramos una familia sedentaria —tirando a perezosa— y tampoco había empleados que lo sacaran a pasear. Así que  todas las mañanas Rabito salía solo, a la calle, a hacer sus necesidades. Bajaba las escaleras y al rato volvía a subir. A veces, si se tardaba, yo lo llamaba:
—¡Rabito! ¡Sube, Rabito! —y al punto sentía sus pisadas rápidas en la madera de las escaleras.
Venía “como Juan que se mata”, ja,ja,ja,ja,ja, qué risa me daba Rabito. Él volvía de la calle tan contento, tan loco como si llevara años sin verme, como si hubiera estado siglos haciendo pipí y caca; saltaba, lamía mis manos, se me subía encima.
Rabito y yo nos queríamos mucho. Era mi primer perrito. En esa época me sentía incomprendida y fea, en fin, poco querida —claro, eso pasa a todos los adolescentes, ¿no?—. Ni mis padres ni mi abuela entendían mis verdaderos sentimientos; todas mis compañeras de colegio eran más bonitas que yo.
Entonces, por la nochecita, cuando mirábamos por la ventana cómo se encendían las luces de la Loma de la Cruz, con un silencio inmenso en mi corazón le decía:
—Rabito, tú eres el único que me comprende, tú eres el único que me quiere.
Y apretaba al perrito bueno, lo acariciaba, le pasaba la mano; mientras se me salían las lágrimas porque yo misma me presentía perrita y me tenía lástima.
Como siempre, por la tarde Rabito bajó a hacer sus necesidades.
Y ese día sentí el chirrido del freno de un carro y el golpe…
—¡rabito! —grité.
Salí corriendo y cuando bajaba las escaleras, ya él trataba de subir, temblando, agarrándose con las cuatro patas a los escalones, estirando el cuello con desesperación, buscándome con su mirada tan inteligente.
Enseguida lo atendió el doctor más cercano —el mismo dueño de la farmacia de los bajos— y no pudo salvarlo. Pero yo nunca olvidé a mi primer perrito, mi eterno amigo Rabito.