Dígase lo que se diga, la juventud de mi época era muy distinta, ¡qué iba yo a comportarme como esos energúmenos que están bailando en el piso de arriba, con la música más estridente que usted se pueda imaginar! ¡Oigan qué escándalo! Se nota que el señor Octavio no está en su casa, porque si no, ya hubiera subido a poner un poco de orden. Él sí que no admite irregularidades en nuestro edificio.

Pero la señora Laura es igual que todas las madres de ahora, que dejan a los muchachos hacer lo que les da la gana. Y el hijito de la señora Laura se las trae. Ayer mismo nos cruzamos en la escalera; venía, ¡payaso de porra!, bailando, en vez de subir normalmente como hacen las personas, y chamuchando no sé qué en inglés. En mis tiempos las canciones se cantaban en buen castellano, para poder entenderlas. La señora Laura es una santa, pero no sabe imponerle respeto al muy manganzón, que no hace ni dos meses tenía el pelo pintado de verde y ahora se acaba de enganchar una argolla en la nariz, como si fuera un zulú.

Vulgaridad: esa es la palabra. Hoy en día casi todo el mundo es vulgar. Sobre todo los jóvenes. Y maleducados. Miren al pobre señor Octavio como sufre con su hijo, que no quiere estudiar ni trabajar, y anda por ahí quién sabe en qué compañías, llevando y trayendo una guitarrita eléctrica... ¡Con un par de planazos en el lomo se enderezaba! Pero es que el señor Octavio, dígase lo que se diga, tiene muy blando el corazón, y es incapaz de levantarle la mano a Marcelino. A la final yo lo entiendo, porque el muchacho es su único hijo. Cada quien lleva su cruz en esta vida. Y al señor Octavio, que es tan recto y tan sobrio, le tocó la cruz de tener que soportar a un mamarracho como ese bajo su mismo techo.

¡Pero, bueno! ¡La señora Laura debería pensar que no es correcto tanto escándalo en una casa decente como la suya! Lo siento mucho, ¡ya me colmaron la paciencia! Así que busco la escoba, doy unos golpes en el techo y me acerco después al balcón, a ver si reaccionan allá arriba. Pero, ¡bah!, sale una chiquilla de esas que jamás se peinan y me pregunta:

—¿Qué pasó, abuelo?, ¿Estamos haciendo mucho ruido?

Contesto que sí, que tal parece que se acaba el mundo. Alguien detrás de ella protesta que son sólo las cinco de la tarde. Se asoman cuatro caras más, y otro de los peleles dice:

—Coño, ese tipo es más viejo que Matusalén, tú. Parece una momia —Y con voz de falsete—: Señor, ¿por qué no vuelve a meterse en su catafalco?

Y hay siseos y risitas ahogadas.

Entonces escucho la voz indignada de la señora Laura, que los hace entrar y se inclina sobre la barandilla para pedirme disculpas:

—Usted no les haga caso, señor Anselmo, que son una partida de malcriados. No se preocupe, que ahora mismo les voy a bajar la música, y usted verá como la fiesta no dura ni medio minuto más.

Pero a mí ha estado a punto de darme un infarto. Miren como me tiembla la mano.

Tengo ochenta y cinco años cumplidos, sí señor, pero muy bien puestos. Ya quisieran esos espantapájaros contar con mi experiencia y con mi elegancia para vestir. No como baja ahora Raulito, con la camisa abierta y el pelo revuelto, un pantalón desteñido y —¡horror!— esos zapatos sucios, para preguntarme si sus amigos han estado haciendo mucha bulla, y entregarme de parte de la señora Laura una fuente con ensalada, tarta y croquetas.

Lo invito a entrar y sentarse, como es debido, y él que no, que vino sólo por un momento, que todavía queda alguna gente de la fiesta en el apartamento de su mamá. Pero mientras llevo la fuente para la cocina, descubre mi librero repleto de novelas policíacas y se pone a revisar los títulos. Pasa la yema de los dedos por sus lomos, y suelta un maravillado e irreverente “¡Coñó!”.

—Te gusta el género policíaco, ¿eh? —observo de regreso de la cocina.

—¡Muchísimo! Y la ciencia ficción también.

—Pues yo prefiero lo policíaco —le digo—, la ciencia ficción es demasiado... fantástica para mi gusto.

—Habrá leído mala ciencia ficción, porque... —Viene muy desenvuelto y ¡plaf!, se tira en mi sofá—. ¿Usted sabía que hay gente que opina que la ciencia ficción y el policíaco son subgéneros? ¡Pues yo le digo que de eso nada, que la buena literatura es buena literatura, trate del tema que trate! Lo que pasa es que algunos críticos por ahí se las quieren dar de puristas.

Hemos estado como una hora discutiendo de temas y de autores. Y la verdad es que el chiquillo me sorprendió. Lástima que sea tan chabacano, como todos los jovencitos de ahora. Porque no se puede negar que es muy inteligente. Hasta cultura tiene, ¡quién lo iba a decir!

Por fin sale de mi apartamento con cuatro de mis libros policíacos y reaparece con tres suyos de ciencia ficción, que me recomienda mucho. Sonríe, payasea un poco, se despide hasta mañana, y desaparece trotando como un potro escaleras arriba.