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FICHA TÉCNICA DEL LIBRO

Sara González. Con apuros y paciencia
© Diana Balboa
© Sobre la presente edición: Ediciones Bagua, 2014
Todas las imágenes que aparecen en esta edición provienen de los archivos personales de Sara González y Diana Balboa.
EDICIONES Bagua
edicionesbagua@gmail.com
Diseño gráfico y corrección: Alessandra Carril
Asesoría: Diana Balboa
Compilación: Mayra A. Martínez
Colaboración: Reynaldo González, Olga Marta Pérez y Sigfredo Ariel
Coordinación administrativa: Milena González
ISBN: 978-84-942793-4-8
Depósito Legal: B 23217-2014
Impreso en ServicePoint
c/ Salcedo, 2. 28034 Madrid

Reseñas a la edición

SARA, LA ECLOSIÓN DE UN CARÁCTER QUE SE OFRECÍA Y UNA SABIDURÍA DIFERENTE.


Ni Eva ni María, mujeres símbolos de la inferioridad, dominadas… ella Sara… la princesa como la describen en todos los enunciados, tenía otras cualidades. Dicen que se hace camino al andar, yo pienso que el camino hizo a Sarita como fue y como se mostró siempre, pues tenía un respeto por sí misma que le impedía cualquier simulación. Sin arrogancias ni lamentaciones, apartando los resentimientos, pero con una memoria total para lo perjudicial y donde se esconde el mal; ya se ha dicho: sincera, seductora, generosa, amable, no sumisa, jaranera y simpática, pero respetuosa, aunque su lenguaje fuera duro muchas veces. Marta Valdés dice que Sara es la administradora de las malas palabras, las ubica tan bien que no lastiman. Auténtica, rodeada de gentes, donde ella estaba siempre había un coro, una discusión, un tema candente, un chiste y una carcajada. Honesta, creo que lo único que era capaz de robar o escatimar era el tiempo, pero su valor del tiempo era muy propio, para ella perder el tiempo no era pasarse horas jugando a las cartas, el dominó, mucho menos leyendo, se le perdía el tiempo en un ensayo si no adelantaban, odiaba que se lo malgastaran, su tiempo era el de «cumplir un deseo». Estando citada para un programa en la TV, donde le rendirían homenaje, al llegar a la puerta de la emisora, por un error burocrático no nos dejaban subir: no estábamos en las listas. Con modestia, se sentó a esperar que solucionaran el asunto, al rato largo todo seguía como al principio y simplemente me dijo: No insistas. Salió por la puerta y nunca más fue a la TV. Llamó a la presidencia del Instituto de Televisión advirtiendo que no se les ocurriera decir en el programa que «por razones ajenas a nuestra voluntad», o «por indisposición de la artista». A partir de entonces si la requerían tenían que ir a casa, o a los lugares donde actuaba o estuviera. No quería lastres, ningún apego a lo material, tal vez por miedo a perder la libertad de volar. Ingenua tantas veces como una niña, se le contentaba con poco, un muñeco de peluche, un juego, un gran helado y dulces, bombones, flores; apreciaba más las flores que cualquier otro presente.
Sara, la princesa hebrea, la mujer superior a Abraham en los dones de la profecía, la única mujer con que Dios se comunicó directamente, estaba en el camino de la nuestra, o la nuestra en su camino. Yo siempre pensé que tenía como una antenita especial para prever lo que ocurriría, detectar qué personas eran buenas, cuáles no. No por astucia o desconfianza, sino por intuición natural. Los indeseables temían a su lengua y escapaban. Mi mayor fortuna son los amigos que cultivamos, los de ella que se juntaron a los míos, los que llegaron después y cultivamos juntas. Cuántas personas de valía puedo abrazar y tocar, no sabría mencionar las amistades significativas sin riesgo de omitir inconscientemente a alguien, y a cuántos recabar cuando los necesito. Claro que en el ajetreo de su vida convertida en mía enfrenté retos, diferencias de enfoques. Por ejemplo, en lo relativo al aprovechamiento del tiempo, su sibaritismo, en su negación a seguir desarrollando su obra autoral, la negación a presentarse con la guitarra como trovadora. Era una buena instrumentista y solo acariciaba la guitarra en la intimidad del hogar. Teníamos coincidencias en los criterios, pero cuando se producía una desavenencia era como un choque de trenes en un mediodía de agosto: fuego, chispas, altas temperaturas, chirriar de hierros, nada que no resolviéramos después en la intimidad de una casa llena de amor y bondad; la cotidianidad nos  enriqueció y dio la pauta para respetarnos aun en los desacuerdos.
Cuando joven y de mi tiempo, aunque ahora hay otros que también aprovecho y los hago míos, disfrutaba las canciones que ella ejercía con el Grupo de Experimentación –eran los Beatles nacionales–, los seguíamos a los conciertos; después se amplió el abanico con la Trova. Al unirme a su vida me entregó su conocimiento de la música, compartimos otras canciones, el gusto por la tradición cubana, en que nos identificamos tanto. Cuántas tardes de boleros, sones, rememorando textos, recreando canciones de anteriores compositores, regodeándonos con María Teresa Vera, bailábamos un son y me recriminaba que no marcaba a contratiempo; sí, aprendí a bailar sones con Sara, que era una bailadora espectacular. Yo traía un recorrido no escaso de mi obra artística como grabadora y pintora,  pero al iniciarme en su mundo se me complicaba la temática, entonces asumí estudiar la música como lenguaje, empecé con alguna referencia del maestro Leo Brower, continué en la búsqueda y las dudas. Ella me las aclaraba o me ayudaba a investigar, los libros pasaron de ser Los Maestros del Color a el Diccionario Oxford de la música y otros más. Así transcurrían meses que como dice Silvio «de pronto son años»…
No me atrevo a relacionar los países que visitamos juntas, parecería una pedantería. Se pueden escribir muchas cuartillas de anécdotas, vivencias aleccionadoras, simpáticas, terribles, ideológicas, amables y todo lo que cabe en el privilegio de compartir la vida con Sara. Yo la compartiré por siempre. Y eso sería otro libro.

Diana Balboa
La Habana, agosto de 2014

 

 

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