Esa increíble, desmesurada Mujer.

Amor que crece con calma
que al despertarme se agranda
que me reparte al anochecer
la paciencia de saber
que las dos ponemos el alma.
Sara

En 1967, por razones que no vienen al caso, mi vida dio un vuelco extraño; ya había abandonado una carrera de ciencias, una profesión de magisterio, un matrimonio inconcluso, quedé “racionalizada” de mi centro de trabajo –así llamaban a dejarte cesante – y no sé cuántos planes futuros más, y estudiaba en la Academia San Alejandro, en el curso de los alumnos regulares. Disponía de todo mi tiempo para ello cuando convocaron a una salida al campo por cuarenta y cinco días, para trabajar de voluntaria en la agricultura y congeniar esto con los cursos de arte, las tan cacareadas escuelas al campo. Fue una gran suerte encontrarme allí y van a saber por qué.
Cuento este incidente pues la dirección de escuelas de arte de La Habana consideró llevarnos a los estudiantes de Diseño, Bibliotecología, los distintos Conservatorios de Música de la ciudad, la Escuela de Ballet, todos unidos, a dos campamentos, uno femenino y otro masculino… ¡Oh qué tiempos de Ellas y Ellos! En la región de Vertientes (Camagüey), zona cañera, debíamos trabajar en la siembra. Y justamente ahí vi por primera vez a Sara González, en un surco, agarrada de una caña, dormitando de pie sin perder el equilibrio. Una Sarita de dieciséis años, aproximadamente. Era imprescindible saber quién era y a qué obedecía aquello. Pregunté, y me explicaron –por mi condición de alumna mayor, miembro del consejo de dirección del campamento– que Sara pertenecía al grupo musical Radix 7, que integraban otras alumnas, hoy consideradas figuras en la cultura cubana, pero que visitaban otros campamentos haciendo presentaciones y además, cuando regresaban de noche seguían  jo… perdón; tocando, escenificando, imitando cantantes. Dormían las de Radix 7 en lo que fue la enfermería, con la pretensión de que no molestaran al resto, pero ellas instauraron el cabaret Los Guindalejos de Ambrosio, ornamentado con los mosquiteros colgando del techo. Quién era de las principales del asunto, Sara González. Años después coincidimos en lugares y amigos comunes: trovadores, pintores, grabadores; disfrutando tanto del Grupo de Experimentación Sonora como de la Nueva Trova, pero sin intimar especialmente, aunque con una empatía grande con aquella muchacha excepcional.
Así transcurrieron años de encuentros fortuitos y en los inicios de la década de los ochenta el acercamiento fue mayor, nos convertimos en inseparables “socias” de escapadas, juegos de dominó, encuentros en la casa de los artistas amigos comunes. Yo era más comedida, recatada, reservada. Aprendí de ella el desenfado, su sinceridad, esa transparencia a veces agresiva, otras burlona y simpática que a muchos enamoraba y alejaba a otros. Con Sara no había medias tintas, o la amabas o escapabas de ella. Si le pedías el visto bueno sobre una obra, lo que te daba era el “visto” desde su criterio… si implacable era con su trabajo, así también con el de los demás. Fuera de todo cálculo posterior estaba su arte y la diferencia de edades –ella seis años más joven– no me impidió aprender y aplicar esa manera de enfocar la vida y el arte.
Comencé a ser parte de su tropa cuando la ayudaba en la promoción, divulgación e imagen. Un buen día me dice: Ahora todo el mundo tiene representantes artísticos, ¿tú quieres ser mi representante?; Y yo: Mira, Sara, no sé nada de eso; y ella: Los demás tampoco. Te llevo a ver a Alikó –entonces representante de Pablo Milanés– y él te explica. Yo, insegura aún, no me atrevía a aceptar. Me lanzó el inobjetable anzuelo que tenía preparado: Viajas con nosotros, te llevas tu obra y le das la proyección internacional. Así me cambió la vida Sara González. Me fui a vivir con ella… a convivir con su mundo un poco loco, de gentes siempre a su alrededor, la casa tan visitada... Sara siempre fue tribal, llegaban de cualquier parte de la Isla o de cualquier parte del mundo; seres estrafalarios, interesantes, aburridos y hasta inoportunos; las puertas abiertas a una buena conversación y un buen trago de ron. A veces, o las más de las veces, demasiado largos tragos de ron para mis hábitos. Se me cambió todo, tuve que dedicar mucho tiempo a aprender otras cosas: diseño escenográfico, luces, historia de la música, cursos de producción,  dirección artística y más. Del mundo concentrado y solitario de los artistas de la plástica a aquella vorágine que era Sara González. De la quietud de mi ciudad a la sorpresiva orden de preparen las maletas que viajamos a… era igual Guantánamo que Trondheim; y no es broma, viajamos a Trondheim, (Noruega) en el fiordo de su nombre al borde casi del círculo polar ártico,  donde el símbolo es un arcoíris las veinticuatro horas del vivir; dando saltos en aviones diferentes, por mi memoria como cinco Habana-Madrid-Ámsterdam-Copenhague-Estocolmo-Trondheim, para llegar no sé cuántas horas después y que Sara y el grupo actuaran  pasadas las doce de la noche, sin reponerse.
Y a propósito de “sin reponerse”, Sara había despedido para siempre a Rosa, su madre, un jueves y nos avisaron de la salida hacia Noruega para el sábado. Yo la miraba y aquella tristeza en sus claros ojos azules que de pesar se volvían violetas me sobrecogía. Siempre temía los viajes en avión. En esa ocasión no pronunció palabra, pasábamos de uno a otro, ella en su mutismo; pero esa increíble, desmesurada mujer, subió al escenario y dedicó el concierto a su madre; arrancó a cantar como siempre, sin variar canciones, sones, guarachas con el sentimiento y la alegría de su repertorio, con la fuerza que muchos han halagado. Al regreso, en Madrid, hicimos un alto, las piernas no la sostenían, los calambres no le permitían tenerse casi en pie y me pidió que le llenara la bañera de agua caliente. Pasó mucho rato encerrada y cuando salió fue la Sara de siempre.
Las personas, o la mayoría de las personas, tenemos el fatal hábito de levantarnos de mal humor porque nos tenemos que levantar; o yo qué sé, al menos eso creo. Pero Sara no, Sara se levantaba las más de las veces con un grito de guerra y una risa de triunfo. Tarde se levantaba, pues dormía tarde siempre, aunque no tuviera actuación… Esa alegría mañanera me fascinaba, nunca me enojaban sus demandas de atención a gritos y risas.
El béisbol –los Industriales– el dominó… ¿ludopatía?
Contaba ella que en una ocasión la salvó de la angustia, en un viaje a los Países Bajos, su conocimiento sobre fútbol. Unos españoles discutían en el vuelo y ella se inmiscuyó; a partir de ahí las diferencias de idiomas, el cambio en los vuelos continuos y, hasta cargar los equipajes, fueron asuntos de esos caballeros que la deja­ron en Ámsterdam, sana y salva. Sara tenía un gran espíritu competitivo pero ningún espíritu deportivo, ocio y pereza física la distinguían, pero la competencia la convertía en fanática vehemente; sus adversarios en el dominó, sus amigos, bien lo saben. Por otra parte, era un ejemplo de fidelidad a su equipo de pelota preferido, los Industriales; y a pesar de los avatares, ella se mantenía azul. ¿Afición geográfica? ¿Por ser habanera se sentía predestinada a ser industrialista? Creo que la pertenencia iba de la patria a la ciudad, de la ciudad al barrio; ella era La Habana y, más aún, el Cayo Hueso de Centro Habana. Berto, su padre, era muy aficionado a la pelota, como casi todo cubano; hombre del bar de la esquina, los dados (cubilete), cuentero, elegante, mentiroso pero por disfrutar de la broma o la burla, nunca con dobleces. La primera guitarra de Sara se la compró Berto, con la asesoría de Compay Segundo, compañero suyo en la fábrica de tabacos. Berto influyó en Sarita en muchas cosas, pero eran oponentes en el béisbol; él, nacido en Placetas, pertenecía al Villa Clara, creo que el componente genético no funcionó como componente beisbolero. Rosa, su madre, era mucho menos interesada en la pelota; pero estaba en sus valores, gustos, hasta en sus creencias: ponía vasos de agua, rezaba oraciones de su autoría, ataba nudos para que ganaran los Industriales.
Entré a convivir con ella casi en la temporada ochenta y cinco, ochenta y seis, cuando los Industriales volvieron a ser campeones y en su apartamento volaban las discusiones y los nombres Javier Méndez, Germán Mesa, Lázaro Vargas, Juan Padilla, Orlando «Duque» Hernández, Lázaro Valle, Agustín Marquetti, quien hizo como hizo… Las discusiones no eran de mi preferencia, me mantenía aparte porque era peligroso opinar. Para Sara el deporte era asunto espiritual, parte de la cultura cubana y si estaba ante el televisor –nunca fuimos al estadio– en el fondo de sus ojos azules brillaba una I, la I de los INDUSTRIALES.
A veces, en algún hotel fuera de Cuba, desde luego, existía un casino de bingo que le atraía, pero ella misma que se conocía, me decía: Qué va, ahí no entro yo, voy a la ruina y no salgo nunca. Aún conservo en la computadora sus récords imbatibles en diferentes juegos y hasta compito con ella y la reto como hicimos antes, pero no la he podido vencer… ni en otros asuntos, enfoques, criterios, porque no siempre estábamos de acuerdo, aunque afortunadamente eran muchas las coincidencias.
También las muchas diferencias entre nosotras nos permitieron vivir esa aventura de más de veintiocho años de compartir las veinticuatro horas por casi todo el tiempo. En muy cortos períodos nos separamos, alguna vez porque ella viajaba, otras porque viajaba yo, pero a partir de un momento ya no permitimos que nada nos apartara y todos los proyectos profesionales o personales llevaban la condición de estar juntas. Antes he hablado sobre ello, y es sabido de todos. Me fui a vivir a la casa de Sara con la naturalidad de lo que es justo, si alguien lo cuestionó, criticó o le supo mal, no nos enteramos o no nos dimos por enteradas, por la simple fórmula de «es así y lo queremos». La década del ochenta en adelante ya trajo un componente de tolerancia que posiblemente contribuyó a nuestra tranquilidad, pero algunos incidentes ocurrieron, como el día que no nos permitían entrar juntas a una recepción en la Embajada de México y nos volvimos a casa tan campantes; otra vez, en el Gran Hotel de Camagüey no nos permitían dormir en la misma habitación porque la cama era matrimonial y no disponían de camas separadas. De aquellos y de otros incidentes salíamos muertas de la risa, si bien ella tenía ese carácter intolerante y franco que no se cortaba un pelo para cantar las cuarenta con lo injusto. Lejos de ofendernos creo que demostramos tanta resistencia a la intolerancia que a casa empezaron a llegar las invitaciones para las dos, al principio dos, después ya una para las dos, pero con los dos nombres. Fue una época peculiar para todos los cubanos. La caída del campo socialista nos estremeció la vida privada, social y económicamente. De eso se ha hablado lo suficiente. En nuestro caso viajábamos en su Lada o mi Volkswagen con sus trajes de actuar, la ropa y algún que otro calzado o productos comprados con las divisas ahorradas en las dietas de los viajes internacionales, para intercambiarlo por alimentos, no solamente para nosotras, también para amigos. Sara fue una mujer de una generosidad conmovedora, nunca olvidaba comprar carnero para una amiga enferma de cáncer; frutas y viandas para los ancianos más cercanos o los niños. Tanto apretó la crisis que vendí el Volkswagen y nos divertía contar que éramos las únicas mujeres que se habían comido un Volkswagen Cabriolet de 1967.
El apartamento era un centro de recepción de donaciones. Al ser tan conocida internacionalmente, en el mundo de las organizaciones de solidaridad confiaban en ella más que en los centros oficiales y llegaban los paquetes por manos propias. Por ahí podían vernos con el carro cargado de jabones para el círculo infantil tal, libretas para la escuela primaria más cual, medicinas y juguetes… qué sé yo; era una locura adicional en medio de la feroz lucha por la supervivencia.
Hacía catorce años que a Sara no le grababan un disco en Cuba –los melómanos averigüen por qué– y una empresa musical española, PromoArte-CRIN, la invitó a formar parte de su nómina; para fortuna nuestra, que nos permitió algo de ligereza en la subsistencia. Pero cuántas veces en esa década del noventa salimos llorando por el Aeropuerto José Martí sabiendo qué dejábamos atrás.